
El arroz es mucho más que un alimento cotidiano: es parte de nuestra identidad, de nuestra mesa y de la seguridad de la nación. En cada plato hay trabajo dominicano, familias rurales y una capacidad productiva que debemos preservar como patrimonio estratégico.
La experiencia de la pandemia del COVID-19 dejó una lección: cuando una crisis internacional interrumpe las cadenas de suministro, los países que dependen demasiado de las importaciones quedan expuestos a la escasez, los sobrecostos y la incertidumbre. Producir nuestros alimentos no es solo una actividad económica; es una garantía de estabilidad ante acontecimientos imprevisibles.
Por eso, el arroz merece ser tratado como un producto marca país. En 2025, la cosecha nacional alcanzó cerca de 14.8 millones de quintales y cubrió aproximadamente el 96 % del consumo estimado. En términos generales, la República Dominicana produce alrededor del 90 % de los alimentos que consume. Son cifras que hablan de avances, pero también recuerdan que la autosuficiencia exige inversión, innovación y respaldo sostenido.
El Gobierno ha anunciado ocho medidas para fortalecer al sector arrocero, junto con iniciativas de financiamiento preferencial, apoyo a insumos, mecanización y seguros agropecuarios. Es una dirección correcta. Ahora corresponde convertir los anuncios en acciones oportunas, con recursos definidos, reglas claras y fechas de ejecución que permitan a los productores planificar sus cosechas y competir en condiciones razonables.
Debemos mirar la experiencia de países que protegen su capacidad agrícola. Estados Unidos utiliza programas de apoyo, seguros y subsidios para respaldar a sus agricultores frente a riesgos y fluctuaciones del mercado. La lección no es copiar mecánicamente cada instrumento, sino comprender que incluso las economías más poderosas reconocen que la producción de alimentos tiene un valor estratégico que va más allá del precio.
En nuestro campo hay una dimensión social que no podemos ignorar. Muchos arroceros son pequeños y medianos productores, herederos de una tradición de trabajo y de procesos de reforma agraria impulsados con visión por el doctor Joaquín Balaguer, que facilitaron el acceso a la tierra a familias campesinas. Protegerlos es también defender empleos, comunidades y oportunidades para quienes viven del campo.
Apoyar al productor no significa renunciar a la eficiencia ni trasladar costos al consumidor. Significa invertir en tecnología, riego, semillas, financiamiento accesible, seguros y asistencia técnica, mientras se vigilan los precios y se promueve una competencia equilibrada.
La seguridad alimentaria se construye sembrando hoy la tranquilidad de mañana. Fortalecer el arroz dominicano es proteger nuestra mesa, nuestra economía y nuestra soberanía. Que ningún imprevisto internacional nos encuentre sin capacidad de producir. Apostar por el campo es apostar por la nación.


















