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Corría como el viento.
Tenía un don para hacer contacto con la bola como pocos en el oficio. Tal era su dominio del bate que daba la impresión de que podía depositar la pelota en cualquier lugar del terreno que se propusiera.
Verlo jugar era un verdadero festín. Al menos, así lo veía yo.
Su nombre era Mateo Rojas Alou.
Con 5 pies y 9 pulgadas de estatura, el menor de los tres hermanos Alou que alcanzaron las Grandes Ligas construyó una carrera notable alrededor de una herramienta que parecía sencilla hasta que él la convirtió en un arte: poner la pelota en juego.
Pero detrás del bateador de contacto, del campeón de bateo y del jardinero que compartió un día histórico con Felipe y Jesús, había también un hombre que entendía el béisbol como un vínculo con su tierra.
Mateo Rojas Alou
Esa dimensión de su carrera merece ser recordada.
Un bateador contra la lógica del poder
Mateo Alou no tenía el físico que el aficionado moderno suele asociar con una estrella del béisbol. No necesitaba tenerlo.
Su juego estaba construido alrededor del control del bate, la velocidad y una extraordinaria capacidad para encontrar espacios. En una época en la que el jonrón ocupaba buena parte de la imaginación ofensiva, Alou construyó su valor alrededor de una herramienta menos espectacular y extraordinariamente difícil de dominar: el contacto.
En 1966, con los Piratas de Pittsburgh, conquistó el campeonato de bateo de la Liga Nacional con promedio de .342. Detrás de él terminó Felipe Alou, su hermano mayor, con .327.
La imagen resulta extraordinaria por sí misma: dos hermanos dominicanos entre los principales bateadores de la misma liga, con Mateo en la cima.
Pero aquel título no fue un accidente.
Entre 1966 y 1969, Alou bateó para .342, .338, .332 y .331. Durante cuatro temporadas consecutivas superó la barrera de los .330, una muestra de consistencia ofensiva que ayuda a explicar mejor la dimensión de su carrera.
En 1969, uno de sus mejores años ofensivos, consumió 698 turnos oficiales, conectó 231 hits y se ponchó apenas 35 veces.
Los números cuentan una parte de la historia. La otra estaba en la manera en que conseguía hacerlo.
Alou no necesitaba golpear la pelota con violencia para dominar un juego. Su especialidad era otra: ponerla donde nadie pudiera atraparla.
Tres hermanos en un mismo jardín
La historia de los Alou ya había producido otra escena difícil de repetir.
El 15 de septiembre de 1963, Mateo, Felipe y Jesús aparecieron juntos en los jardines de los Gigantes de San Francisco. Por primera vez en la historia de las Grandes Ligas, tres hermanos ocuparon simultáneamente los tres puestos del jardín de un mismo equipo.
Mateo, Jesús y Felipe Rojas Alou vistiendo en uniforme de los Leones del Escogido.
Aquella fotografía resumía algo que iba mucho más allá de una curiosidad familiar.
Los tres habían salido de la República Dominicana y habían llegado al máximo nivel del béisbol profesional. Su presencia conjunta en el terreno constituía también una de las primeras imágenes emblemáticas de la creciente presencia dominicana en las Grandes Ligas.
Mateo, sin embargo, no necesitaba de la épica familiar para explicar su lugar en la historia.
Sus números bastaban.
Y también su relación con el béisbol dominicano.
El invierno también formaba parte de la vida
La parte más singular de su historia aparece lejos de las estadísticas.
Mateo Alou mantuvo durante toda su carrera una relación particularmente estrecha con el béisbol dominicano y con los Leones del Escogido. Allí jugó durante 15 temporadas y construyó una parte fundamental de su identidad deportiva.
En una época en la que las relaciones entre las organizaciones de las Grandes Ligas y las ligas invernales podían ser mucho más restrictivas que en décadas posteriores, jugar en el Caribe no siempre dependía exclusivamente de la voluntad del pelotero.
En el caso de Alou existe, desde hace años, una historia que ha circulado alrededor de su carrera: la de una supuesta cláusula contractual que le garantizaba la posibilidad de regresar a la República Dominicana y jugar con el Escogido durante el invierno.
Mateo Rojas Alou
La historia tiene una fuerza extraordinaria.
Pero una cosa es que una historia haya sido transmitida durante décadas y otra, distinta, que pueda demostrarse documentalmente.
Hasta que aparezca el contrato, una copia de aquella cláusula o un testimonio histórico suficientemente preciso que permita establecer su existencia y sus términos, conviene hablar de ella como una versión transmitida, no como un hecho probado.
Y, paradójicamente, esa cautela no debilita la historia.
La hace más interesante.
Porque aun si algún día no apareciera el documento que confirme la famosa cláusula, sí existe abundante evidencia de algo mucho más importante: Mateo Alou mantuvo un vínculo extraordinariamente estrecho con el béisbol dominicano y, en particular, con los Leones del Escogido.
Su relación con el club no terminó cuando terminó su carrera como jugador. Años después regresó al Escogido en funciones de coach y siguió ligado al equipo que había acompañado buena parte de su vida deportiva.
En 2004, cuando fue contratado como coach de bateo, fue descrito por el gerente general Freddy Jana como un símbolo del Escogido.
Tal vez ahí se encuentre la verdadera historia detrás de la leyenda de la cláusula.
La distancia entre la fama y las raíces
Mateo Alou perteneció a una generación para la cual el invierno dominicano tenía un significado que no puede medirse únicamente en términos de estadísticas.
Para aquellos jugadores, regresar al país no era simplemente prolongar una temporada.
Era volver.
El béisbol profesional cambió profundamente desde los años en que Alou construyó su carrera. Cambiaron los contratos, la preparación física, la gestión de las cargas de trabajo y la relación entre las organizaciones de Grandes Ligas y las ligas invernales.
También cambiaron las razones por las que un jugador participa —o no participa— en el béisbol de invierno.
Hoy, la ausencia de una estrella de Grandes Ligas puede responder a múltiples circunstancias: recuperación física, preparación para la próxima temporada, decisiones de la organización, condiciones contractuales o una elección personal.
Por eso sería injusto utilizar la historia de Alou para juzgar a generaciones posteriores.
Las circunstancias son diferentes.
Lo que sí puede decirse es que Mateo Alou pertenece a una tradición en la que la relación entre el jugador y su comunidad tenía una visibilidad especial.
Su presencia en los estadios dominicanos no era solamente la de un profesional que regresaba a jugar.
Para una afición que había seguido su ascenso desde el Caribe hasta las Grandes Ligas, verlo nuevamente con el uniforme del Escogido representaba una continuidad: el muchacho que había salido de Haina regresaba convertido en una figura internacional, pero seguía perteneciendo al mismo paisaje sentimental.
Lo que queda cuando termina la carrera
Mateo Alou murió en noviembre de 2011.
Para entonces, su nombre ya pertenecía a varias historias del béisbol dominicano: la de los tres hermanos Alou, la del primer dominicano campeón de bateo de las Grandes Ligas, la de los grandes bateadores de contacto y la de aquellos jugadores que mantuvieron un vínculo profundo con el campeonato de invierno.
Su carrera permite mirar hacia atrás sin convertir el pasado en una edad dorada artificial.
El béisbol ha cambiado.
El jugador también.
Pero hay algo en la historia de Mateo Alou que conserva una vigencia particular: la idea de que llegar lejos no obliga a olvidar el lugar desde donde se partió.
Quizá por eso la historia de aquella supuesta cláusula contractual resulta tan poderosa.
No necesariamente porque podamos demostrar hoy, con un documento en la mano, cada palabra que alguna vez se dijo sobre ella.
Sino porque la historia encaja con algo que sí está documentado: la relación permanente de Alou con el béisbol dominicano y con los Leones del Escogido.
Más que una frase jurídica, aquella cláusula —real, incompleta o convertida con los años en leyenda— puede entenderse como una metáfora de una época y de una generación.
La generación de los peloteros que cruzaron el mar para conquistar las Grandes Ligas sin cortar el hilo que los unía con el lugar de donde habían salido.
Mateo Alou pasó buena parte de su vida profesional entre dos mundos.
El béisbol estadounidense le dio reconocimiento, competencia y una plataforma internacional.
El béisbol dominicano le ofreció algo diferente: pertenencia.
Y entre ambos, el invierno.
Cada regreso al terreno dominicano podía leerse como una pequeña declaración de principios. No hacía falta convertirla en discurso.
Bastaba con aparecer en el estadio, tomar el bate y jugar.
Porque a veces la manera más elocuente de recordar de dónde se viene consiste, simplemente, en volver.





















