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Aunque el cuidado de niños, adultos mayores y personas dependientes constituye una actividad indispensable para el funcionamiento de las familias y la economía, quienes realizan estas labores continúan enfrentando bajos ingresos, informalidad y falta de protección social en América Latina y el Caribe.
En ocasión del Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, que se conmemora cada 29 de octubre, especialistas advierten sobre la necesidad de reconocer el valor económico y social de estas actividades, históricamente asumidas por las mujeres y, en muchos casos, realizadas sin remuneración.
De acuerdo con el informe ¿Quién cuida? Cómo apoyar y reconocer a quienes cuidan de personas mayores en América Latina y el Caribe, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2025, las personas que trabajan en el cuidado de adultos mayores perciben ingresos equivalentes, en promedio, al 90 % del salario mínimo.
La cifra contrasta con los ingresos de la población ocupada en general, que alcanza una remuneración promedio equivalente a 1.9 veces el salario mínimo.
Esta diferencia evidencia la precariedad que caracteriza a un sector fundamental para el bienestar de millones de personas, pero que todavía enfrenta importantes desafíos en materia de reconocimiento laboral.
Un trabajo esencial que recibe bajos salarios
El informe del BID señala que las personas cuidadoras remuneradas suelen enfrentar condiciones laborales desfavorables, incluyendo jornadas parciales, ausencia de contratos formales, falta de seguridad social y oportunidades limitadas de capacitación.
Estas dificultades afectan especialmente a las mujeres, quienes representan la mayor parte de la fuerza laboral dedicada a los cuidados.
La investigadora Lucila Nejamkis, en un análisis publicado por Latinoamérica21, sostiene que esta situación responde, en parte, a la percepción histórica del cuidado como una responsabilidad femenina y no como una actividad laboral que requiere conocimientos, tiempo y remuneración adecuada.
Según plantea la especialista, cuando una tarea se considera una obligación natural de las mujeres, resulta más fácil que sea poco valorada económicamente, incluso cuando se convierte en un empleo remunerado.
El trabajo invisible equivale al 21 % del PIB regional
Más allá de las personas que reciben un salario por cuidar, existe una cantidad considerable de trabajo doméstico y de cuidados que se realiza diariamente sin compensación económica.
Preparar alimentos, limpiar, atender a niños, acompañar a personas mayores y gestionar consultas médicas son algunas de las actividades que permiten el funcionamiento de los hogares.
Sin embargo, gran parte de estas tareas no se contabiliza como empleo remunerado y recae principalmente sobre las mujeres.
Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), citados en el análisis, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa aproximadamente el 21 % del producto interno bruto de América Latina y el Caribe.
De ese valor económico, cerca de tres cuartas partes son generadas por mujeres.
Aunque estas labores no necesariamente implican una transacción monetaria, representan una contribución significativa al sostenimiento de la economía.
Mujeres enfrentan mayores dificultades laborales
La distribución desigual de las responsabilidades domésticas también tiene consecuencias sobre la independencia económica de las mujeres.
Quienes dedican una mayor cantidad de horas al cuidado no remunerado disponen de menos tiempo para incorporarse al mercado laboral, continuar sus estudios o desarrollar actividades productivas.
Esto puede traducirse en menores ingresos, dificultades para cotizar a la seguridad social y una mayor vulnerabilidad económica durante la vejez.
El análisis de Nejamkis también destaca que las trabajadoras remuneradas del sector pertenecen, en muchos casos, a grupos que enfrentan mayores barreras laborales.
Entre ellas se encuentran mujeres afrodescendientes, indígenas, migrantes y de bajos ingresos.
De acuerdo con los datos citados por la investigadora, más de la mitad de las trabajadoras remuneradas del cuidado son afrodescendientes y alrededor del 3 % pertenece a pueblos indígenas.
Estas características reflejan cómo las desigualdades económicas, de género y de origen social se entrecruzan dentro del mercado laboral de cuidados.





















