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Allí estaba él, con su impecable uniforme de Generalísimo, atiborrado de condecoraciones, su sombrero bicornio en el palco presidencial. Al parecer nadie le informó que para la ocasión el atuendo debía ser otro y que el protocolo del béisbol exige que la primera bola se lance desde el centro del terreno.
Pero como “la guardia lee como quiera” y así son las cosas del jefe, Johnny Ritchey, el receptor estadounidense de las Estrellas Orientales, tuvo que caminar uniformado desde el terreno hasta el palco presidencial para entregarle la pelota directamente en las manos al Benefactor de la Patria Nueva, quien la aceptó solemnemente sin pararse de su asiento.
La escena ocurrió en octubre de 1955, cuando las luces del nuevo Estadio Trujillo iluminaron un terreno que estaba llamado a convertirse en punto de encuentro de varias generaciones.
La transformación no consistió solamente en jugar de noche. Cambió la manera de organizar el campeonato, abrió nuevas posibilidades para la asistencia del público y sentó las bases de una tradición que, siete décadas después, sigue convocando a miles de dominicanos cada temporada.
Este viernes, cuando comience una nueva edición del torneo profesional, la pelota dominicana volverá a recorrer un camino que tuvo uno de sus grandes puntos de partida en aquel año de 1955.
Para entender lo que sucedió entonces, sin embargo, hay que mirar un poco más atrás.
Antes de las luces
Entre 1951 y 1954 se disputaron cuatro campeonatos profesionales de verano en los que participaron los Tigres del Licey, los Leones del Escogido, las Águilas Cibaeñas y las Estrellas Orientales. Aquellos torneos fueron organizados con intervención de organismos estatales y una comisión de béisbol profesional, no por la LIDOM tal como se constituyó posteriormente.
El generalísimo Rafael Leonidas Trujillo recibe la bola que le entrega Johnny Ritchey, receptor estadounidense de las Estrellas Orientales, en la inauguración del Estadio Trujillo.
Los partidos se celebraban principalmente durante el día y los fines de semana. El escenario de referencia era el Estadio de La Normal, en Santo Domingo, y la competición tenía limitaciones propias de una estructura que todavía buscaba consolidarse.
El interés del público, sin embargo, ya estaba presente. Las rivalidades entre los equipos habían echado raíces y el béisbol profesional encontraba espacio en una sociedad que reconocía en el juego una forma de entretenimiento y pertenencia.
El paso siguiente requería una organización más definida y una infraestructura capaz de sostener un calendario diferente.
Ese cambio llegó en 1955. Mediante el decreto 1110, del 27 de agosto de ese año, se otorgó reconocimiento jurídico a la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana, cuyo primer presidente fue el abogado Hipólito Herrera Billini. El nuevo circuito se preparó para inaugurar una etapa de competición en los meses de otoño e invierno, con partidos nocturnos durante la semana.
La distinción es importante: la pasión profesional no nació de la nada en 1955. Lo que comenzó entonces fue una nueva estructura institucional y deportiva que daría continuidad y otra dimensión a lo que se había construido durante los cuatro campeonatos anteriores.
El estadio que cambió el juego
El domingo 23 de octubre de 1955 fue inaugurado el Estadio Trujillo, hoy Estadio Quisqueya Juan Marichal. La instalación, proyectada por la firma estadounidense Marr & Holman y construida bajo la dirección del ingeniero Bienvenido Martínez Brea, representó una obra de gran importancia para el deporte dominicano.
El parque podía recibir a decenas de miles de espectadores entre sus gradas y bleachers, una capacidad que respondía a las expectativas de un campeonato que aspiraba a crecer.
El juego inaugural enfrentó a los Tigres del Licey y las Estrellas Orientales. El Licey ganó 8-7, Federico —Chichí— Olivo se acreditó la victoria y Alcibíades Colón conectó el primer hit en el nuevo estadio.
Chichí Olivo
Cuatro días después, el 27 de octubre, llegó otro episodio que quedaría asociado al comienzo de la nueva era: el primer enfrentamiento entre Licey y Escogido en aquel escenario terminó con triunfo escarlata por 4-1. El zurdo Ken Lehman fue el lanzador vencedor.
La fecha de inauguración del estadio y la del primer duelo entre los eternos rivales son dos acontecimientos distintos, aunque ambos forman parte de la memoria de aquella temporada.
Las luces permitieron extender la actividad a horarios compatibles con la jornada laboral. La pelota dejó de depender exclusivamente de las tardes libres y pudo convertirse en una cita después del trabajo, una alternativa para compartir con amigos y familiares y un espectáculo con mayores posibilidades de atraer público de manera regular.
El estadio, por sí solo, no garantizaba el éxito. Pero ofreció las condiciones para que el campeonato adquiriera una presencia más constante en la vida cotidiana.
Del verano al invierno
El cambio de calendario fue tan importante como el nuevo escenario. El torneo otoño-invernal modificó la planificación de los equipos y las exigencias de los peloteros. En lugar de concentrar los encuentros principalmente en fines de semana diurnos, la competición pasó a distribuirse durante varios días de la semana y a extenderse hasta enero.
Aquella transformación exigía rotaciones de lanzadores más amplias, mayor capacidad organizativa y una administración distinta del trabajo de los jugadores. También creaba más oportunidades para que los aficionados siguieran a sus equipos durante varios meses.
La Liga se incorporó, además, al béisbol organizado de Estados Unidos, lo que fortaleció sus vínculos con un circuito de mayor alcance y contribuyó a cambiar las condiciones de la competición.
No debe confundirse ese paso con la creación inmediata de la poderosa estructura que hoy conocemos. El crecimiento fue gradual y estuvo condicionado por la economía, la política y las posibilidades reales de cada época.
La propia historia del país interrumpió el camino. Las consecuencias de la caída del régimen de Rafael Leónidas Trujillo y la guerra civil de 1965 afectaron la continuidad del campeonato. La pelota, como tantas otras actividades nacionales, no estuvo aislada de los acontecimientos que sacudieron a la sociedad.
La recuperación posterior demostró, sin embargo, que la competición había adquirido suficiente arraigo para volver a ocupar su lugar.
Cuatro equipos
Durante sus primeras décadas, el campeonato estuvo sostenido por las cuatro franquicias tradicionales: Licey, Escogido, Águilas y Estrellas. Sus rivalidades contribuyeron a darle carácter al torneo y a establecer una geografía emocional que trascendía los resultados.
El público no asistía únicamente para ver un partido. También defendía una camiseta, una ciudad o una tradición familiar. Las victorias se celebraban durante días y las derrotas alimentaban discusiones que podían prolongarse hasta el siguiente encuentro.
La radio desempeñó un papel decisivo en esa expansión. Permitió seguir los partidos a quienes no podían acudir al estadio y llevó la narración deportiva a hogares, negocios y comunidades alejadas de la capital. La televisión añadió otra dimensión al espectáculo y, con el tiempo, amplió la posibilidad de compartir las jugadas más importantes.
El béisbol se convirtió así en una experiencia que podía vivirse desde las gradas o a distancia, pero siempre con una fuerte conexión con los equipos.
El comienzo de una historia que continúa
En 1955, el gran salto consistió en reunir un estadio moderno, iluminación, una estructura profesional reconocida y un calendario otoño-invernal. Ninguno de esos elementos, por separado, explica la dimensión actual de la pelota dominicana. Juntos, sin embargo, abrieron una etapa decisiva.
En los años siguientes llegarían nuevas franquicias, cambios en el formato competitivo, una mayor relación con las Grandes Ligas y transformaciones comerciales y tecnológicas que modificaron el funcionamiento de la Liga.
Ese será el siguiente capítulo de esta historia: cómo un campeonato sostenido inicialmente por cuatro equipos amplió su territorio, cambió su manera de definir al campeón y se convirtió en una plataforma de desarrollo para generaciones de peloteros.
Por ahora, basta volver a aquella noche de octubre de 1955. Cuando el Licey y el Escogido jugaron bajo las luces, nadie podía anticipar cada una de las transformaciones que vendrían. Pero el béisbol dominicano había encontrado un escenario y un calendario que le permitirían crecer.
Setenta y un años después, las luces siguen encendiéndose y el público continúa regresando. El juego ha cambiado; la costumbre de esperar una nueva temporada permanece.
La historia de la pelota dominicana no comenzó con las luces, pero bajo ellas encontró una nueva manera de crecer.





















