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Por Solange Melissa Severino de Oliveira Godoy
Luiz Inácio Lula da Silva fue electo presidente de Brasil por cuarta vez, representando al Partido de los Trabajadores. Su victoria es una gran victoria para la democracia brasileña. Con esta victoria, sin embargo, también existe el riesgo de una impugnación de los resultados por parte de la oposición, que hoy goza de gran ventaja en el Senado y en la Cámara de Diputados. Esto se debe a que las elecciones presidenciales de ayer han sido sin precedentes. Durante el día de votación, hubo quejas relacionadas con el limitado acceso al transporte público en algunas de las principales ciudades del país, lo cual obstaculizó la votación. En São Paulo, solo el 40% de los autobuses de la ciudad estaban circulando, a pesar de que existen disposiciones legales que exigen que la flota sea igual a la de los días hábiles.
Cerca de la una de la tarde, ambos candidatos habían solicitado al Tribunal Superior Electoral que se extendiera el tiempo de las elecciones para que los electores afectados pudieran votar. El presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, designado por el expresidente Jair Bolsonaro, no tomó ninguna decisión respecto a la extensión por diversas horas. Minutos después del cierre, Cristiano Zanin, un juez del Supremo Tribunal Federal declaró una extensión de dos horas. El Supremo Tribunal Federal es la instancia de decisión máxima.
El juez Zanin, que fue designado por el presidente Lula, aclaró que el pedido de parte del TSE solo llegó a las 16h30, 30 minutos antes del cierre de las urnas. La extensión declarada después de las 17h causó caos, debido a que, después del cierre de una urna, es imposible reabrirla, lo que llevó a que solo en los colegios electorales donde todavía había filas para votar se pudiera continuar con la votación. La confusión por la extensión del período de votación probablemente generará grandes cuestionamientos sobre la validez de las elecciones, a pesar de que el pedido de extensión provino de ambos lados.
Más allá de estas probables controversias, Lula ganó una elección dominada por dos preocupaciones: seguridad y corrupción. Según la consultora Ipsos, el crimen y la violencia son la principal inquietud de los brasileños (41%), seguidos de la salud (36%) y la corrupción (33%). Flávio Bolsonaro construyó su candidatura sobre la primera y la tercera. Su familia ganó notoriedad con la mano dura, y Jair Bolsonaro hizo suyo el lema de que “un criminal bueno es un criminal muerto”. En materia de corrupción, el rechazo al PT sigue siendo fuerte, herencia de escándalos como el Lava Jato, y Flávio
Intentó presentarse como el candidato anticorrupción. El hecho de que haya liderado la primera vuelta con 47,03%, frente al 45,16% de Lula, muestra que ese mensaje fue efectivo.
Pero esa promesa llegó a las urnas debilitada por los propios problemas de Bolsonaro. El Supremo Tribunal Federal investiga desde julio acusaciones de corrupción y lavado de dinero contra él, ligadas a pagos recibidos del millonario Daniel Vorcaro (Banco Master) para financiar Dark Horse, la película sobre Bolsonaro padre. A ello se suman las acusaciones contra su amigo, el abogado Willer Tomaz, investigado por un escándalo de fraude relacionado con el Sistema de Seguridad Social. Él y Bolsonaro viajaron juntos en un jet que Tomaz poseía en sociedad con una empresa ligada a Vorcaro. Correos obtenidos por la Policía Federal indican que una cuenta de Flávio estuvo vinculada al acceso bancario de una empresa de Tomaz hasta mayo de 2025. Tomaz, además, movió 5.000 millones de reales en apuestas en 2025. Flávio y Tomaz niegan irregularidades y cualquier relación financiera, y las investigaciones siguen abiertas. Cuánto pesaron estos casos en el resultado es difícil de medir.
Entre los grandes desafíos de este gobierno se incluyen lidiar con los escándalos de la suprema corte, gobernar con un Congreso dominado por la extrema derecha y buscar un sucesor para el liderazgo de Lula en la izquierda brasileña. Sin embargo, Lula tiene larga experiencia como estadista consolidado en Latinoamérica. Ojalá que su victoria contribuya a garantizar la prevalencia de la democracia brasileña.
La autora es politóloga, con magíster en Estudios Latinoamericanos por Stanford University, y estudiante del doctorado en Políticas Públicas de Harvard University.





















