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NUEVA YORK.— Juan Díaz llegó a Estados Unidos hace 52 años. Una de sus primeras preocupaciones fue aprender inglés. Su hijo, Juan Francisco, nació aquí hace 22 años y tiene una preocupación muy distinta: mantener su conexión con República Dominicana.
Juan estudió Administración de Empresas, tiene su propio negocio y hoy está “semi retirado”. Juan Francisco estudia Ingeniería Civil. Como ellos dos, hay miles de dominicanos que han hecho vida en Estados Unidos y cuyos hijos han llegado a las universidades, al gobierno, a empresas y a otras áreas profesionales.
Y es que antes, hablar de la diáspora dominicana era limitarse, en su gran mayoría, a las bodegas, los restaurantes, los salones de belleza y otros negocios. Pero esto ha ido variando.
Hoy más de tres millones de dominicanos viven fuera del país, según datos del INDEX publicados este año, pero Estados Unidos concentra, por mucho, la mayor parte de esa diáspora. Allí residían 2 millones 398 mil dominicanos al cierre de 2024, la cifra más reciente disponible para ese país.
El cambio generacional ha quedado documentado. Según Pew Research Center, entre los dominicanos de 25 años o más nacidos en Estados Unidos, el 33 % tenía al menos una licenciatura, frente al 18 % de los nacidos en República Dominicana.
Ana Mercedes Chireno nació en Brooklyn, hija de padre y madre dominicanos. Estudió Filosofía y Ciencias Políticas y trabaja con organizaciones sin fines de lucro y con el gobierno de la ciudad.
Arelia Taveras, también hija de dominicanos y nacida aquí, tiene un doctorado en Derecho, su propio negocio y dirige una asociación de restaurantes latinos. Charlie Núñez estudió Arquitectura y tiene negocios de eventos, propiedades y hospitalidad.
¿Qué les preocupa?
Las respuestas varían. Ana Mercedes mira mucho hacia República Dominicana. Le preocupa el desarrollo económico del país, entre otras razones, porque muchos dominicanos en Estados Unidos todavía mantienen a familiares que viven allá.
“Queremos ver la República desarrollarse de una manera sofisticada, estable, porque todos tenemos la meta de regresar un día al país”, dice con voz y mirada nostálgica.
Para Arelia, las preocupaciones están más relacionadas con lo que ocurre en Estados Unidos: el empleo, las oportunidades y el costo de la vida.
“Los precios han subido demasiado”, afirma. También habla de las dificultades que atraviesan los restaurantes, un sector que durante años ha servido como puerta de entrada laboral para muchos latinos.
Charlie pone sobre la mesa otro tema: la política migratoria estadounidense. “Yo creo que la cosa más importante ahora es lo que está pasando con la migración. Tienen miedo de estar aquí, de trabajar y las situaciones con el ICE”, asegura.
Residentes en EEUU
Juan Díaz vuelve al idioma. “Si tú no aprendes el idioma, las oportunidades son mínimas o minúsculas”, dice. Cuenta que recientemente conversó con una persona que lleva unos 30 años en Estados Unidos y prácticamente no habla inglés.
Su hijo está en otra etapa. Para Juan Francisco el reto es mantener la identidad dominicana.
“Lo más importante para un hijo de padre nacido en República Dominicana es mantener esa cultura, mantener esa conexión”, explica el joven en un español con marcado acento inglés.
A diferencia de él, su padre tuvo que aprender inglés para abrirse camino en Estados Unidos. El hijo habla inglés desde que nació y ahora procura no perder las raíces de su padre.
¿A dónde van los chelitos?
Aunque hay diferencias, hay algo que no parece haber cambiado entre los nuevos dominicanos de New York: el envío de dinero a República Dominicana. Entre enero y agosto de este año, República Dominicana recibió US$8 mil 432.7 millones en remesas, según el Banco Central, US$511.7 millones más que en igual período de 2025. Estados Unidos continúa siendo el principal país de origen de esos recursos.
Juan calcula que su familia envía un promedio de US$800 mensuales. Antes ayudaba a su madre, quien falleció hace unos años. Ahora, junto a su esposa, continúa apoyando a familiares y cubriendo los gastos de mantenimiento de la casa materna de ella en Moca.
Carmen Hernández, nacida en Santo Domingo y residente en Estados Unidos desde los cinco años, trabaja en el área artística en Brooklyn, creando espacios para que artistas y otros creadores puedan desarrollar su trabajo.
“Esta es nuestra cultura de mandar, ¿verdad?”, dice al hablar de las remesas. Durante años ayudó a sus tíos y abuelos y calcula que entre US$200 y US$300 mensuales es una cantidad frecuente entre quienes envían dinero a sus familiares. “Usualmente es para comer, para los gastos básicos, para la medicina. La medicina es tan cara”, explica.
Los padres de Ana Mercedes también envían dinero cada mes para ayudar a familiares con comida y otros productos esenciales. Pero parte del dinero también está terminando en propiedades y negocios.
Arelia cuenta que tiene clientes que están construyendo y desarrollando proyectos en Villa Tapia y Santiago. Juan ya tiene un apartamento amueblado en República Dominicana y dice que quiere hacer otras inversiones.
El costo de vida en Estados Unidos también pesa. Arelia advierte que cuando hay menos recursos disponibles aquí, también disminuye la capacidad de enviar dinero e invertir allá.
La idea de volver
Aunque llevan décadas en Estados Unidos, varios de los entrevistados todavía hablan de regresar. Y no solamente quienes nacieron en República Dominicana. Ana Mercedes, que nació en Brooklyn, dice que le gustaría retirarse algún día en Samaná o Las Terrenas. “Me hace falta el sol de nuestro país y la dulzura de nuestro país”, cuenta ahora sí con un tono más alegre.
Carmen también piensa en volver. Habla de “la playa, el sol, su gente y su comida”.
Charlie ha viajado varias veces este año y ve República Dominicana como una posibilidad para su retiro. Juan ya tiene dónde llegar: su apartamento está amueblado y esperando.
Juan Francisco, en cambio, nunca ha vivido en República Dominicana.
Ha ido muchas veces, aunque su última visita fue hace unos dos años.
Cuando se le pregunta qué le gusta del país de su padre, responde: “El ambiente, el calor, el sentimiento de que cuando tú estás ahí, se siente como tu propio hogar”.
Su padre salió de República Dominicana hace 52 años.
Su hijo nació en Nueva York, pero ambos comparten un mismo sentimiento: dominicanidad, demostrando que es cierto aquello de que uno se va del país, pero el país nunca se va de uno y que los dominicanos nacen donde les da la gana.






















