
Vivimos una etapa en la que la distancia entre lo que se dice y lo que se hace ya no es una contradicción menor, sino una crisis pública de responsabilidad, principios y respeto por la dignidad humana. Todos hablan de rectitud, pero pocos la practican; por eso la irresponsabilidad se ha ido imponiendo sin pausa en nuestros comportamientos ciudadanos y hasta en nuestros sentimientos personales y familiares.
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