
La semana pasada los rendimientos de los bonos del Tesoro en Estados Unidos alcanzaron el 5.30% para los de 10 años y 5.60% para los de 30 años; los bonos 10 años de Francia subieron hasta 5%, los de Reino Unido a 5.50% y los de Japón un 3.1%. En todos estos casos estamos viendo máximos que no se ven desde hace décadas pero que coincidieron con momentos de crisis en el pasado.
A mediados del año pasado, cuando el mercado de acciones subía, el oro rompía récords de precios y el rendimiento de los bonos del Tesoro se mantenían tercamente elevados, advertía que algo se había roto en los mercados financieros. El apetito de riesgo del mercado tiende a promover un patrón risk-on/risk-off entre los precios de las acciones y activos de resguardo como los bonos del tesoro y el oro, en aquel momento ese patrón no se llegó a materializar.
Luego de la Gran Recesión del 2008 y la crisis financiera hemos vivido una era sin precedentes de tasas extremadamente bajas, un fenómeno lo suficientemente duradero como para haber definido de manera estructural ese nivel como el “normal”. Ahora, gracias en parte a una inflación que no parece ceder, los mercados están empezando a recalcular cuánto deben pedir a los Estados para comprar sus deudas y eso está empujando las tasas.
La disfunción política en las grandes economías, como resalta la columnista Katie Martin del Financial Times, está contribuyendo en este nuevo cálculo. En Estados Unidos ni la administración actual ni su oposición han mostrado interés en reducir el déficit fiscal ni los niveles de la deuda; por su lado, en Francia las elecciones del año que viene se perfila a ser encabezada por la derecha extrema de Marine Le Pen y la izquierda extrema de Jean-Luc Mélenchon, ninguno de los cuales dan seguridad de un manejo prudente de las finanzas francesas; mientras que en Japón el choque entre el intento del Banco Central de Japón de normalizar su política monetaria y la política fiscal expansiva de la Primera Ministra, Sanae Takaichi, sigue restando credibilidad a las acciones del primero para contener la inflación.
¿Qué significa esto para la República Dominicana?
Nuestro país tiene una economía en desarrollo que va a quedar atrapada en medio de este nuevo tumulto del mercado. En gran medida nuestra política tiene muy poco espacio para maniobrar muy distanciada de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y con frecuencia, si ellos suben nuestro Banco Central va a subir, si ellos bajan nosotros bajamos.
El problema de esto es que si los niveles altos que se están viendo en Estados Unidos se tornan en estructurales y se sostienen en el mediano y largo plazo quedándose como el nuevo normal, eso va a tener un impacto generalizado sobre el acceso al crédito y nuestra capacidad de crecimiento económico.
El sueño sería poder desacoplar nuestra política monetaria de la de Estados Unidos para mitigar el impacto, pero en el corto y mediano plazo es poco probable, y requeriría un plan disciplinado de al menos 10 años que estaría sujeto a los vaivenes del apetito de riesgo monetario y político a lo largo de todo ese tiempo, por lo que no lo veo como un planteamiento realista.
Esto significa que es probable que por un buen tiempo vamos a tener que convivir con este nuevo normal, lo que para nosotros significa atender los múltiples problemas que esto nos va a plantear, empezando por las necesidades de deuda que va a tener nuestro Estado en los años por venir y el acceso a capital para que nuestra economía pueda seguir creciendo en su potencial.
Frente a lo anterior, tenemos varios pasos ganados que nos vienen dando un apoyo sustancial. Nuestro país, paradójicamente, no está afectado por la disfunción política que viene afectando a los países desarrollados, y es poco probable que esto cambie en los próximos 6 años. Indistintamente del resultado de las elecciones de 2028, el ganador es altamente probable que continúe el manejo prudente de nuestra política macroeconómica como ya ha venido ocurriendo en los últimos 20 años.
Por otro lado, en los últimos 10 años ha existido un esfuerzo consciente de reducir la proporción de nuestra deuda soberana denominada en moneda extranjera, lográndose recientemente la proporción de un 65% en moneda extranjera y 35% en moneda local, acelerar ese esfuerzo para llevar nuestra deuda en moneda local hasta un 50% en 8 o 10 años podría contribuir de forma material a mitigar los riesgos de la subida de los rendimientos de las deudas de los países más desarrollados.
Para lograr lo anterior, tenemos que ir reduciendo las necesidades globales de nuestro endeudamiento y aumentar el pool de liquidez disponible al Estado al momento de tener que recurrir a endeudarse.
Esto nos va a hacer más urgente atender dos de los problemas más gravosos de las finanzas públicas tanto históricamente como más reciente, el subsidio eléctrico y el subsidio a los combustibles. Para lograr el saneamiento del gasto público a un nivel que nos permita reducir de forma material nuestras necesidades de endeudamiento ambos subsidios deben ser severamente reducido.
Por otro lado, el acceso al crédito bancario va a estar presionado en caso de establecerse este nuevo normal. Una buena noticia por ese lado es que la ley 30-26 elimina el impuesto de aumento de capital a partir del año 2027, lo que estaría abaratando el acceso a capital a través del mercado de valores, y aunque el impuesto de ganancia de capital y su tratamiento a las inversiones de ese tipo va a seguir siendo un lastre sobre el sector, el caso para optar por la emisión de acciones como mecanismo de capitalización ciertamente va a estar más robustecido.
Otra buena noticia sobre las herramientas que nos van a permitir navegar un ambiente generalizado de tasas elevadas es que en el mercado de pensiones ya están despegando los planes complementarios. Una promoción más agresiva de estos planes y su expansión a más afiliados implicaría un incremento en el ahorro nacional y por ende un incremento en la liquidez de todo nuestro sistema financiero.
Como país debemos estar preparados ante un escenario de altas tasas de interés en las deudas soberanas y no solo aprovechar las herramientas que ya tenemos sino construir otras nuevas que nos permitan hacerle frente a un escenario que no habíamos visto en décadas.






















