Tu celular suena. Es un mensaje de WhatsApp; es una amiga o un familiar pidiéndote un favor. Sabes que quieres decir que no, pero, aun así, respondes: “Ok, no hay problema”, y es que prefieres acceder a “no quedar mal”.
Decir “no” debería ser fácil ¿Verdad? Desde el punto de vista que lo veamos, son dos simples letras y una sílaba, pero admítelo, cuesta bastante. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué se siente como si estuviéramos haciendo algo malo cuando decimos “no”?
“Muchas veces aprendimos que decir “sí” era una manera de pertenecer, agradar o evitar el conflicto. Entonces, el problema no es que no sepamos pronunciar un “no”; es todo lo que creemos que puede pasar después de decirlo: que alguien se moleste, que nos rechace o que dejemos de ser la persona que los demás esperan”, explicó Pilly Rodríguez Salcedo, coach de relaciones humanas a El Nacional.
Continuó diciendo que aprender a decir “no” también es aprender a relacionarse de una manera más auténtica, por lo que, a veces, cada “sí” que damos para no decepcionar a alguien termina convirtiéndose en un “no” hacia nosotros mismos.
Una de las razones por las que cuesta establecer límites es la culpa. Queremos ser considerados, buenos amigos, buenos compañeros, buenos hijos, buenas parejas. Y muchas veces confundimos esas cualidades con estar siempre disponibles. Pero nadie puede estar disponible para todo y para todos.
Pilly Rodríguez Salcedo, coach de Relaciones Humanas.
Rodríguez Salcedo planteó que un límite sano comunica con claridad qué podemos hacer, qué queremos y qué no estamos disponibles para asumir.
“Probablemente alguna vez vamos a decepcionar a alguien, y eso no significa que estemos haciendo algo malo. En lugar de inventar largas explicaciones, podemos aprender a decir: “Gracias por pensar en mí, pero esta vez no puedo”. Con respeto, con cariño y sin justificar excesivamente nuestra decisión”, señaló la coach
Una de las estrategias que recomienda para establecer límites de manera firme y respetuosa consiste en algo tan sencillo como no responder inmediatamente. Antes de decir que sí, podemos preguntarnos: “¿Estoy diciendo que sí porque quiero o porque tengo miedo de decir que no?”.

Cuando la respuesta afirmativa surge constantemente del temor al conflicto, del deseo de ser aceptados o de evitar que otros se molesten, puede ser una señal de que estás siendo demasiado complaciente.
Otra herramienta práctica que resaltó fue darse tiempo antes de asumir un compromiso. Frases como “Déjame revisarlo y te confirmo” permiten detener el impulso de responder automáticamente y tomar una decisión más consciente.
“Desde una mirada sistémica, un límite no solamente me cuida a mí: también le da claridad al otro sobre cómo puede relacionarse conmigo. Por eso, los límites también pueden cuidar las relaciones”, manifestó la autora de “Amarylla: El arte de volver a amarte”.
La necesidad de establecer límites también puede estar relacionada con otro desafío cotidiano: la cantidad de decisiones, responsabilidades, estímulos e información que las personas acumulan.
“Muchas veces el cansancio no viene solamente de todo lo que hacemos, sino de todo lo que mantenemos abierto en nuestra cabeza: lo que tengo que recordar, decidir, resolver, responder o controlar”, explica Rodríguez Salcedo.
Cuando esa carga aumenta, sostiene que también puede reducirse el espacio disponible para estar presentes, conversar, crear y relacionarnos.
En ese sentido, sobre los hábitos que se pueden incorporar en la vida cotidiana para reducir la carga mental y recuperar espacio para lo que realmente importa, la especialista dijo que empezaría por “parar, priorizar y simplificar”.
Destacó que no todo lo urgente es importante y que no todo lo que se puede hacer tiene necesariamente que hacerse personalmente. En ese sentido, recomendó preguntarse: ¿Qué necesita realmente mi atención? ¿Qué puedo delegar? ¿Qué puedo simplificar? ¿Y a qué necesito decirle que no?
“Liberar nuestra mente no es tenerla vacía; es recuperar espacio para aquello que verdaderamente importa” expresó.





















